Hay cosas que, cuando los ojos logran verlas, ya no podrán omitirse nunca más. Son verdades que duelen. Son conocimientos profundos que dilatan la vista hacia una observación distinta. Cuando se acaba la oscuridad de la sapiencia, comienzan las sombras de la racionalidad. Esa que se dejan entrever en el trasfondo de una sonrisa. La ignorancia, no suele ser buena; pero ver más allá –todo el tiempo- tampoco es sano. A veces, es mejor no saber. Es más práctico. Quizás, la felicidad verdadera se trama en el desconocimiento de la realidad que te rodea. Insisto, la ignorancia no suele ser buena, pero ¿para qué sirve ver tanto? ¿De qué sirve cuando el conocimiento termina por generar un proceso sinóptico inacabable que se trasluce en miedo, socavando lo más profundo de la simplicidad? C apaz me he confundido y he vuelto equivalentes dos términos distintos (¿distantes?). Quizás, la verdadera alegría – esa que da los cimientos de la felicidad-, se encuentra en poder sumergirse...