

En Vélez Sarsfield reside un lugar que renueva las esperanzas de aquellos a los que les fue arrebatadas por la marginalidad. Pía nos atiende desde adentro de la reja, que se mantiene siempre cerrada por seguridad. Allí habitan los anhelos y la desconfianza del tiempo, pero por sobre todo: la ilusión del cambio. La transformación. Ese lugar es la revista “La Luciérnaga”, donde cientos de pibes laburan vendiéndola, intentando alejarse de los vicios de la calle y la marginalidad.
Luis nos dice que lo disculpemos por la tardanza, tiene un día muy ocupado, pero –al final- nos recibe. Se toma su tiempo y, poco a poco, se va soltando.Nos cuenta de sus andanzas pasadas. El trato que la vida le brindo.Los días en la droga, la calle, el hambre, la cárcel y el posterior aislamiento que la sociedad les brinda a las personas con ese tipo de experiencia. Pero también nos contó de su amigo Arias (fundador de la Revista) quien le brindo su amistad de forma incondicional y le ayudo a dar ese paso necesario para cambiar el rumbo de su vida. Luisito se muestra sencillo, pero tosco. “La vida me ha hecho duro”, dice. Se siente orgulloso de estar donde esta, con una vida nueva, mejor, según su propias palabras. Digna por el trabajo, dichosa por la ayuda que brinda a muchos pibes que recorren el mismo camino que el mismo ayer transito.
“Este lugar, esta revista, es un lugar de paso. Un trabajo de paso. Los chicos vienen aquí, pero siempre les hacemos entender que este es un trabajo de paso. Una salida de la villa, pero no un trabajo para toda la vida”. Lo que nos intenta decir, y es maravilloso, es que les es imposible darles un trabajo suficiente para que vivan dignamente, pero lo que tienen para ofrece es la motivacion, trabajo para ayudarlos a ser mejor. Obvio sin omitir un juicio de valor sobre que es ser mejor. Solo intento decir, que progresen en su estilo de vida, sin necesidad de caer en el acto delictivo.
Flavia y Erika continúan entrevistando, mientras yo lucho por hacer que la cámara se quede quieta. Le pongo libros y muchas revistas “La Luciérnaga” para mantenerla en altura y quieta, ya que no tenemos trípode. En la tapa esta La Mona. Y me vienen a la cabeza dos padrinos del lugar. Le pregunto ¿Manu Chao? ¿La mona? Triste contesta... “Manu Chao nos ayudo en los primeros años, propaganda, ¿Viste? La Mona hace rato que lo andamos buscando. Anda muy ocupado”. No quiere hablar mal de su ídolo, pero la indiferencia le duele. Y la espera continua.
Un canillita se acerca a la sala de redacción donde llevamos a cabo la entrevista. Curioso. Nos saluda y nos termina convenciendo que le compremos una de sus revistas. Y lo hace justo, después de que Luis nos dijese “Acá les enseñamos el valor del trabajo, vender la revista los integra a la sociedad; buscamos que aprendan a tratar con la gente, aprendan a vender”. O casualidad justo entra este pibe y nos vende la revista de forma agradable, educada y convincente. Miro al canillita y me digo: este pibe aprendió. Observo su chaleco y lo veo con un número. Canillita 110. Descubro que no todo es color de rosas. “Tuvimos que crear chaleco y número de canillita, porque hay pibes que usan la revista como cartel para robar a la gente. Además, así, si uno de los chicos trata mal a la gente, nos llaman y nos dicen quien fue dándonos su número”.
Pasa el tiempo y Luisito se sensibiliza cada vez más. Se suelta. Cuenta con ligereza lo que es vivir en la villa, en la calle. “Yo estuve preso y no quiero volver. Trabaje acá ad honorum durante casi dos años, después conseguí trabajo en una fabrica... (Sonriendo irónicamente) de la cual me echaron simpáticamente por un problema de siático. Y desde 2007 estoy acá. Volví, me capacitarón y me encargaron la imprenta. Yo no soy técnico ni nada, en tres días me enseñaron lo teórico. Leí unos libros. Y después dos días de práctica. Una semana después ya estaba imprimiendo la revista”.
La nota esta buena y cada vez más interesante, pero son las 12:30 y Pía nos interrumpe pidiéndole por favor que se acerque al comedor. Y si, lo que pasa es que no solo hay revista, sino que también se le da de comer a los pibes. Porque lo que ganan es poco, por lo menos para que tengan algo en la panza. “Acércate al comedor a dar una mano”.
La entrevista se termina abruptamente, pero nunca pierde su calidez. Luis se despide y sigue su vida, su camino diario. Su agitado día de trabajo que arranca a las 8:30 y finaliza cuando finaliza. Se va. Y quedamos así, como llegamos, pero nos vamos con un mundo distinto en nuestra percepción.
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