miércoles, 3 de abril de 2013

Un rey que desconozco.


La guerra lleva ya diez años y parece que nunca va a terminar. Cada vez que estamos cerca de la victoria, un error propio o una virtud enemiga, termina por conseguir equilibrar los cuerpos. Luchar no es un problema, he jurado que defenderé esta tierra. Y lo haré por mi pueblo, mi familia, mi esposa, mi hijo y el hijo del  hijo de mi hijo. Lo haré  porque con ello, conseguiré libertad. Encontrare el espacio adecuado para poder estar más de un mes aquí. Para que estas licencias de milicia sean para siempre ¿Entiendes? Si logramos vencer a esos canallas que vienen doblegando nuestra gente y saqueado nuestro pueblo desde hace siglos -por fin- podremos cosechar la tierra sin temor. Podremos crear nuestras propias ciudades y centros comerciales. Tender nuestros propios trenes, nuestras propias reglas. Y con ellas, esta tierra será lo que siempre ha sido y tiene que ser: una tierra libre. Donde, al observar la caída del sol, no puedo diferenciar la llanura y el cielo. Donde, al observar el cielo, puedo encontrar montañas que lo escalan y lo engrandecen. Cuando hayamos conseguido nuestra libertad podremos -finalmente- volver a tener el tiempo que nos merecemos. Mi amor. Tienes que comprender. No me marcho. Solo es un hasta pronto y lo hago por nuestro bien. Por el bien de nuestros hijos… por el bien de nuestra patria, tan grande y tan diversa. Lo hago porque así tiene que ser. La libertad tiene un precio y -es por ella- que combatiré. Sabes que mi obstinación no es absurda. Al contrario, tiene la justificación de años de dolor. No creo en la guerra, pero ellos viven de ella y nosotros no podemos expulsarlo de otra manera. No hay otro camino más que el de la violencia que nos han generado para expulsar su mundo. Esa asquerosa forma de tener que ser. Del deber ante una patria que no conozco ¡Un rey que nunca he visto! ¡Una corona que vaya a saber dios donde está! No puedo más que seguir luchando… por nuestro amor, por nuestros hermanos. Y si muero en ella, que sea con la frente en alto, sabiendo que mi cuerpo ha dejado este mundo, pero mi alma esta en el infinito sendero de la libertad. Si muero, quiero ser un soldado que es honorado por su tierra. Tanto como siempre la he honrado y amado, yo mismo.  Por eso es que no puedo quedarme. Aunque lo supliques en llanto. Aunque me destroce el corazón saber que –quizás- no te vuelva a ver. Pero no puedo quedarme aquí sentado a esperar que vengan por nosotros estos seres tan desalmados. No puedo sumirme en la cobardía de nuestros antepasados. Hoy es la oportunidad y, si no la aprovechamos, -quizás- sea la última que tengamos en siglos. Es hoy. Y no podemos declinar en nuestra fortaleza, en nuestro derecho. No podemos dejar de soñar con una justicia propia, que no nos castigue por ser lo que somos, sino que condena al ladrón, al avaro, a los ambiciosos descarados. Una justicia como la que siempre gobernó en lado del mundo. Unicidad. Cultura. Educación. Trabajo. Oportunidades. Igualdad ¿Puedes imaginarlo?

 ¿Tú has escuchado lo que han hecho con los indios del norte? ¿Cómo los han esclavizada para llevarse nuestro oro, nuestra plata? ¿Crees que si los dejamos seguir aquí, algún día nos respetaran? Somos simplemente mestizos, lo hijos impuros de un dios que no conocemos. Siento ser quien te lo dice, pero sabes que no puedo más que pronunciarme en verdad ante tan nefasto hecho. Sabes que debo, tengo y quiero ser yo quien te lo diga: nunca lo harán. Porque no le importas tú, no les importo yo, no les importa nuestro pueblo. Su única importancia es llevarse lo que la tierra tiene. Quieren robarnos las tierras ¿Y cuando las tierras ya no den lo que buscan? ¿Qué será de nosotros?

Esta lucha ha comenzado y ya no puede más que tener un final.  Confió en la naturaleza de nuestro destino y que el concluyente camino sea nuestra victoria.  Confió en la fuerza de nuestras tierras, pues tenemos algo que ellos no tienen: amor. Nosotros luchamos por amor a esta tierra, a sus cosechas, al buen vino. Amor al otoño, al verano, a la primavera y –hasta- el invierno.  Amor a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros conciudadanos, a nuestros hijos. Los oportunistas de la desesperanza. Los lacayos del diablo hecho hombre. Los dueños del látigo. Los profetas del odio. ¿Cómo retirarnos? ¿Cómo no dar pelea? Nuestra tierra merece nuestro amor, nuestra gente no merece el odio que nos infunden. La sumisión que nos socava. Por eso, es que  hemos de luchar hasta con nuestras últimas fuerzas para que, de una buena vez, se larguen de aquí. Ellos.

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