lunes, 29 de octubre de 2012

REVOLUCIÓN EN LA WEB. Gangnam Style! La política de la nueva ola coreana




NOTA COMPLETA:

REVOLUCIÓN EN LA WEB. Gangnam Style! La política de la nueva ola coreana



Un rapero surcoreano muestra la vida ostentosa de la nueva ola rica de su país. Lo hace con sátiras en YouTube y provoca malestar en el poder gubernamental del gigante asiático.  
Furor. Un músico coreano es la preocupación del poder político de su país.
La radio Cadena 3 usa el tema musical “Gangnam Style!” como separador. El oriental de Los graduados, Chang Kim Sung, le regala una coreografía del baile del caballito a Violeta Urtizberea para su boda, interpretada con sus compañeras de oficina, en la telecomedia de Telefé. Los alumnos de la universidad pública de La Paz redactan prolijas monografías sobre grupos collas que emulan (con éxito) en Bolivia a las bandas de chicas del K-Pop. Los ejemplos podrían multiplicarse: la nueva ola del pop coreano llegó al mundo y aun a Sudamérica para quedarse. Por detrás de la habilidad y exaltación ecuestre del rapero PSY (abreviatura de Psycho, nombre artístico de Park Jae-sang), suavemente bisexual, está la exaltación, suavemente posmoderna, del estilo de vida de los arribistas de Corea del Sur, el país de 50 millones de habitantes del sudeste asiático que supo duplicar el volumen de su economía desde 1997. En Seúl, la ciudad capital, Gangnam es el distrito comercial y residencial top donde todo lo que brilla es oro y donde la existencia cotidiana de los nuevos ricos se parece a la familia Caniggia en los días de fiesta.

Soft power. Los orígenes del crecimiento sin altibajos del pop coreano deben buscarse una década y media atrás. Durante la crisis de los tigres asiáticos que siguió a la devaluación del baht tailandés en julio de 1997, los surcoreanos supieron inundar el mercado musical y del show-business oriental con productos más baratos (pero no menos sofisticados) que los que venían habitualmente de Hong Kong o Japón. Productos muy edificantes en una crisis, además. Los artistas coreanos son súper-jóvenes y las locaciones son ultra-contemporáneas, pero el mensaje es archi-conservador: tradición, familia y propiedad; amistad pura, amor romántico prematrimonial, sexo sólo post-marital. El gobierno de Seúl exulta con el suceso del pop&nac propio: lo define como una forma de soft power, de penetración blanda de la “marca Corea” a la que una comisión ministerial está permanentemente abocada.

The world tour. Los medios periodísticos occidentales más serios (y más atentos a la moda), desde el New York Times y el New Yorker en Nueva York hasta el Corriere della Sera en Milán, dirigen al K-pop una atención cada vez menos frívola. El grupo top es Girls’ Generation: Jessica, Tiffany, Yoona, Sooyoung, Taeyeon, Hyoyeon, Sunny, Seoyhun y Yuri conquistaron Tailandia, Hong Kong, Taiwán, Singapur, Filipinas, Vietnam, Malasia, y aun Japón, el segundo mercado mundial para las discográficas después de Estados Unidos. El éxito del que gozan en la China comunista sólo es superado por el éxito local de la piratería. Ahora las Fab Nine quieren conquistar Occidente con su coreografía sincronizada y su telegrafía de gestos y guiños. Otro tanto ocurre con grupos similares (aunque muy distintos entre sí según sus populosos fans) que llevan nombres híbridos como TVXQ!, f(x), Super Junior, EXO o SHINee. Hasta ahora, sin embargo, ninguno alcanzó la viralización del Gangnam Style, que es en estos días lo que Macarena fue en los ’90, cuando sirvió de tema de campaña a Bill Clinton.

Perversión menos que cero. Los grupos de chicas y chicas del K-Pop lucen uñas esculpidas, looks (no tan) suavemente andróginos, mandíbulas cinceladas que los destacan en el común de los rostros redondos de los coreanos. Según el semanario británico The Economist, Corea del Sur es récord en cirugías estéticas per cápita. Una operación de párpados, que occidentaliza los ojos rasgados, es un premio de los padres por buenas notas en el colegio. Hoy Surcorea recibe turistas de Pekín o Singapur o Tokio, que vienen a operarse en el país –y a parecerse, si fuera posible, a las sanas estrellas K-pop–. En Occidente, las historias de sexo, alcohol y drogas perjudican poco a las estrellas; en Surcorea ocurre lo contrario, y la autocensura es un marketing respetado.

Desvíos en el paraíso. El cantante K-pop Rain, en su canción “Rainism”, aludía a las actividades extracurriculares y de extensión de su “varita mágica”; rápidamente suprimió este extravío de la letra. La homosexualidad (pero no la homosocialidad) está conspicuamente ausente de todo ídolo, como de la cultura surcoreana, que casi se jacta de esa ausencia, que también brilla en el auge de las telenovelas (y aun del cine), que acompañó y apoyó el de los K-poppers. Que PSY haya tenido éxito en Occidente puede deberse a que sea más coreanamente incorrecto: en 2001 lo arrestaron y multaron por fumar porro, en el servicio militar (obligatorio) demostró poca subordinación y tuvo que “repetirlo” (como si fuera un año en la secundaria), su primer álbum PSY from the PSYcho World! fue condenado por “contenido inapropiado”.

Misiles vs. varitas. Ideológicamente, el K-pop resultó un fructífero matrimonio por conveniencia entre el confucianismo histórico y el evangelismo promovido por los norteamericanos tras la Guerra de Corea contra el enemigo del Norte. El régimen comunista todavía acecha desde Pyongyang y exhibe con orgullo misiles cada vez más grandes y (supuestamente) de mayor alcance en desfiles militares cada vez más frecuentes: la carrera atómica es su mayor arma de negociación con un mundo del que está cada vez más aislado. Si Corea del Sur es el país más conectado, en Corea del Norte es donde el acceso a Internet se ve más restringido y rigurosamente vigilado. (El éxito del K-pop es también un éxito de YouTube, sobre todo en Occidente.) Sin embargo, los apparatchiks norcoreanos ya han creado su propia versión de Gangnam Style!, con un video no menos pegadizo ni coreográfico que se difunde en la televisión pública y que parodia a la democracia del Sur y a los candidatos de las próximas elecciones presidenciales, que tienen la brecha creciente entre ricos y pobres como un tema central de campaña.

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