martes, 4 de septiembre de 2012

“ME QUIERO PORTAR BIEN” ( Stand Up de Roberto Pettinato) - Sábado 01/09. Teatro Luz y Fuerza, Salón Tosco.



La escenografía es típica de un monólogo, silla alta, micrófono de pie y la luz haciendo foco ahí mismo. Solamente eso hace falta para que se despliegue un show de casi tres horas a cargo de alguien que conoce lo que es improvisar. 

Todo comienza con un juego de luces y entra en escena uno de los personajes más odiado y querido a la vez, Roberto Pettinato. Como ya lo conocemos, su vestimenta excéntrica hace caso omiso al buen gusto calzándose uno de sus trajes brillosos con lentejuelas multicolores. Aparece bailando, moviendo su cuerpo esquelético, dando saltitos, y por fin se para frente a la jirafa y empieza con la catarata de palabras deliradas. De esta manera abre el acribillamiento incesante para no dejar títere con cabeza. Comenzando, así a sacar risas del público, riéndose sin disimulos de los asistentes sentados en los primeros asientos, se mofa del cordobés y su tonada, hace una crítica pública de sí mismo. Sin lugar a dudas, uno de los momentos cumbres en los que más carcajadas se oyeron dentro del auditorio fue cuando le tocó la hora a la desopilante farándula argentina. Tinelli, Moria, Mirta y Susana fueron decapitados por la filosa lengua de “Peti”. La que más sufrió este atrevimiento fue Moria que la describió como un “churrasco inflado por Lucifer”, dejando claro que no había tiempo ni lugar para sutilezas.

Los minutos van avanzando y nos enteramos de sus intimidades conyugales, y ahí mismo sentimos un poco de vergüenza ajena y ya no sabemos en lo que va a terminar el show. Pero a esa altura ya es posible reconocer que nos retiraremos del salón totalmente satisfechos por haber sido parte del arte de la espontaneidad.

A modo de cierre del show, aparecen las sorpresitas de los últimos minutos. La primera de éstas sale de una serie de chistes verdes y negros contados por el mismísimo legendario Gato de Verdaguer. Y para los últimos 10 minutos en escena, trajo a su compañero de vida incondicional, el saxofón, dando por cerrado la función con otro poco más de improvisación.

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